viernes, 27 de marzo de 2026

Pequeña o gran reflexión del mes de marzo

Hay un momento del año en los centros educativos que se parece sospechosamente al final de liga: llegan los números. No los de las notas del alumnado, sino los de “las cabezas”, las solicitudes, las familias que han decidido apostar ,o no, por tu cole. Y entonces empieza el espectáculo.

Los hay que celebran como si hubieran ganado la Champions. Otros miran los datos como quien revisa una analítica con el ceño fruncido. Y en medio, la eterna narrativa: los éxitos son del equipo; los fracasos… bueno, ya sabemos de quién son.

Porque sí, en educación también tenemos nuestro particular banquillo. Cuando las cosas van bien, hablamos de proyecto, de comunidad, de innovación compartida. Cuando van mal, el foco se estrecha hasta apuntar directamente al despacho de dirección. Como en el fútbol: once ganan, uno pierde. Y el entrenador siempre tiene más papeletas.

Pero quizá el problema no está solo en quién asume la culpa o se cuelga la medalla. Quizá está en ese ritual casi litúrgico que llevamos meses practicando: reuniones que se suceden, evaluaciones que se rellenan, actas que se archivan… y esa sensación incómoda de estar trabajando mucho sin tener claro si estamos trabajando en lo que importa.

Hemos perfeccionado el arte de “cumplir”: cubrir papeles, hacer mesas redondas, organizar actividades que quedan muy bien en la memoria anual. Todo aparentemente en orden. Todo aparentemente evaluado. Pero… ¿Cuánto de eso ha sido realmente honesto? ¿Cuánto ha sido maquillaje para la galería?.

Porque la evaluación de verdad no es cómoda. No cabe en un formulario ni se resuelve en una tarde de claustro con prisa. La evaluación real es la que incomoda, la que obliga a hacerse preguntas sin respuesta fácil, la que no se puede disimular con una presentación bonita.

Y claro, cuando esa evaluación no llega ,o llega descafeinada, los números de ahora sorprenden. Como si fueran una tormenta inesperada, cuando llevamos meses viendo cómo se nublaba el cielo.

Quizá la cuestión no sea si los resultados son buenos o malos. Quizá la pregunta es: ¿son coherentes con lo que hemos hecho (o dejado de hacer)?.

Porque un centro no se construye en marzo, ni se hunde en abril. Se va definiendo en cada pequeña decisión que parecía inofensiva, en cada reunión donde no se dijo lo que había que decir, en cada “esto siempre se ha hecho así”.

Y que nadie se equivoque: esta reflexión no pretende herir a nadie. No va de señalar, ni de repartir culpas. Va, o al menos lo intenta, de mover un poco las tripas. De sacudir esa inercia que, sin darnos cuenta, puede acabar convirtiéndose en rutina.

Con la esperanza, porque también la hay, de que de las situaciones incómodas, de los momentos que no salen como esperábamos, nacen muchas veces los mejores proyectos. Los más auténticos. Los que de verdad transforman.

Así que sí, llega el momento de mirar los números. Pero ojalá también llegue el momento de mirarse al espejo. Sin aplausos fáciles, sin culpables rápidos. Con algo más difícil: honestidad profesional.

Porque al final, más allá de solicitudes, ratios o rankings, hay una pregunta que no sale en ninguna estadística: ¿estamos siendo el centro que decimos ser… o solo el que sabemos aparentar?

Y esa, esa sí que no se puede maquillar.

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